Liderazgo

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Emocionalidad en tiempos de IA: Cómo gestionar emociones en entornos de alta incertidumbre

Escrito por Lorena Retamal

junio 2, 2025

Speaker Internacional & Formadora & Coach Senior & Consultora & Docente Postgrado

Founder & Director Center for Cultural Transformation and Leadership

May 7, 2025

La creciente incorporación de la inteligencia artificial (IA) en entornos organizacionales ha intensificado los niveles de incertidumbre, afectando tanto los procesos como la emocionalidad de los individuos. Este artículo propone un enfoque académico para la gestión emocional en contextos de cambio disruptivo, incorporando la Ley de la Conservación y el Cambio de Humberto Maturana como marco conceptual. A partir de la literatura contemporánea sobre inteligencia emocional, se presenta una metodología basada en la reconstrucción lingüística de las emociones, con énfasis en la sostenibilidad emocional como eje de transformación cultural.

En la era de la transformación digital y la inteligencia artificial (IA), las organizaciones tienen desafíos complejos que van más allá de lo técnico: involucran profundamente lo humano. La incertidumbre se ha vuelto una constante y, con ella, emergen nuevas preguntas sobre el rol de la emocionalidad en la adaptación y sostenibilidad organizacional.

Si bien existen múltiples abordajes al cambio organizacional, este artículo sostiene que la emocionalidad no debe ser entendida como una barrera, sino como una dimensión constitutiva del aprendizaje organizacional (Brackett, 2020). En este contexto, la gestión emocional —especialmente en escenarios donde se disuelven certezas estructurales— se convierte en una herramienta estratégica y una práctica cultural clave.

La emocionalidad como fenómeno organizacional.

En las ciencias organizacionales contemporáneas, la emocionalidad ha dejado de ser vista como un fenómeno estrictamente individual o irracional para ser comprendida como un componente sistémico del funcionamiento organizacional. Las emociones estructuran la forma en que las personas interpretan su entorno, toman decisiones, se comunican y establecen relaciones. En este sentido, la emocionalidad es una red de significados vividos que condiciona las posibilidades de acción y aprendizaje.

De acuerdo con Goleman (1995), las emociones actúan como un sistema de alerta anticipatoria: son parte integral del juicio, la percepción del riesgo y la disposición a actuar. Brackett (2020) profundiza esta idea al sostener que “las emociones afectan cómo aprendemos, tomamos decisiones, nos relacionamos y manejamos el estrés”. Así, en contextos de incertidumbre como los generados por la implementación de la IA, la emocionalidad se convierte en una lente crítica para interpretar el comportamiento organizacional.

El diseño de culturas organizacionales emocionalmente sostenibles implica ir más allá de promover el «bienestar» entendido como ausencia de malestar. Requiere generar entornos donde las emociones complejas —como el miedo, la ambivalencia o la frustración— puedan ser reconocidas, elaboradas y puestas en conversaciones, favoreciendo la adaptación, la resiliencia y el aprendizaje colectivo (Lynn, 2004).

La Era del control y el apego a la certeza

Históricamente, las organizaciones han funcionado bajo una lógica de control inspirada en modelos mecánicos y predictivos. Esta lógica, alineada con el paradigma taylorista y la planificación estratégica de largo plazo, generó culturas organizacionales estructuradas sobre la estabilidad, la jerarquía y la minimización de la incertidumbre. Sin embargo, la digitalización, la automatización y la IA han producido una disrupción profunda de estos supuestos.

La emocionalidad dominante en la Era del Control ha estado marcada por el apego a la certeza. Desde esta perspectiva, las emociones asociadas a la pérdida de control —como la ansiedad, la irritabilidad o la desmotivación— emergen con fuerza en contextos donde los cambios son rápidos, los roles se redefinen y las antiguas competencias pierden valor. Este fenómeno se puede entender desde la teoría del apego organizacional, en donde los sistemas relacionales y simbólicos crean vínculos afectivos con estructuras y prácticas conocidas. Cuando estas se ven amenazadas por la innovación tecnológica, surge una reacción emocional defensiva que muchas veces es interpretada erróneamente como “resistencia al cambio” (Argyris, 1999).

Desde la mirada de Brené Brown (2021), la incapacidad para nombrar y trabajar estas emociones con un lenguaje claro y empático conduce a dinámicas de aislamiento, retraimiento y conflicto. Por tanto, el desarrollo de una emocionalidad consciente y legitimada es fundamental para gestionar la transición desde la lógica del control hacia una cultura colaborativa de  aprendizaje continuo.

Maturana y la Ley de la conservación y el cambio

Humberto Maturana introdujo un principio clave para entender los procesos de transformación: Todo cambio implica una conservación; lo que no se conserva se pierde, no se transforma” (Maturana & Varela, 1990). Esta afirmación cuestiona la visión del cambio como ruptura total o imposición externa, proponiendo en cambio una comprensión ontológica: el cambio genuino ocurre solo cuando hay algo que se desea conservar.

Desde esta perspectiva, el cambio organizacional no puede ser una mera incorporación de tecnologías o procesos. Debe partir de una reflexión profunda sobre los objetivos estratégicos,valores, liderazgo,  cultura organizacional,  procesos productos y gestión, relaciones, y espacios emocionales deseamos conservar en nuestro presente y futuro. Por ejemplo, si una organización desea conservar la colaboración, debe diseñar sus transformaciones tecnológicas de manera que no la debiliten, sino que la potencien.

En términos emocionales, la Ley de la Conservación y el Cambio plantea una paradoja liberadora: podemos cambiar sin traicionar nuestra identidad. Lo fundamental no es “aceptar todo cambio”, sino identificar y sostener las dimensiones que dotan de sentido y coherencia a nuestra práctica organizacional. Esta visión está estrechamente relacionada con el concepto de “matriz cultural” de Maturana, entendida como el entramado de conversaciones y emociones que sostienen una comunidad.

Reconstrucción lingüística y gestión emocional: del lenguaje como explicación al lenguaje como intervención

La reconstrucción lingüística es una metodología clave para la transformación personal y organizacional, y se basa en la idea de que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la genera. Este principio ha sido desarrollado con profundidad en la tradición del coaching ontológico, cuyos principales referentes son Fernando Flores y Rafael Echeverría, especialmente a partir de los años 80. El científico y epistemólogo chileno Humberto Maturana, sentó las bases del pensamiento ontológico al afirmar que «los seres humanos somos seres lingüísticos que vivimos en redes de conversaciones». Para Fernando Flores, las emociones y los actos del habla configuran el mundo de las acciones posibles. Esta visión fue sistematizada por Rafael Echeverría en su obra «Ontología del lenguaje» (2003), donde afirma que «el lenguaje no es una herramienta para describir el mundo, sino el medio a través del cual lo constituimos».

Desde esta perspectiva, la reconstrucción lingüística consiste en revisar las narrativas con las que interpretamos nuestra experiencia para generar nuevas posibilidades de acción y de emoción. En lugar de ver el lenguaje como vehículo de representación, se lo entiende como herramienta de intervención transformacional. En palabras de Echeverría, «cambiar el observador que somos implica transformar el lenguaje que nos constituye».

Esta visión lingüística tiene implicancias fundamentales en la gestión emocional. Las emociones no son solo respuestas biológicas, sino disposiciones para la acción que están mediadas por interpretaciones, juicios y significados culturales. Por ello, no podemos gestionar lo que sentimos si no tenemos acceso al lenguaje que nombra, válida y resignifica esa experiencia.

Brackett (2020), al desarrollar el modelo RULER de alfabetización emocional, coincide con esta perspectiva al afirmar que “las palabras que usamos para describir nuestras emociones afectan cómo las experimentamos y cómo respondemos a ellas”. Nombrar con precisión una emoción no es un acto trivial, es un primer paso para intervenirla.

En contextos de alta incertidumbre, como los que genera la irrupción de la IA, se hace necesario un proceso estructurado para reconstruir nuestra emocionalidad. Esta reconstrucción permite superar la emocionalidad reactiva y avanzar hacia una emocionalidad generativa, a través del cambio de mentalidad,  es decir, capaz de crear nuevos significados ante la incertidumbre por ejemplo. Esta transformación no es meramente racional, sino profundamente ética y emocional: implica responsabilizarnos del tipo de mundo que construimos con nuestras palabras.

En organizaciones que desean cultivar la sostenibilidad emocional, el desarrollo de competencias lingüísticas y emocionales se vuelve una prioridad estratégica. Como señala Adele Lynn (2004), “los líderes emocionalmente inteligentes saben que las conversaciones que sostienen son los ladrillos con los que construyen su cultura”. El lenguaje no solo nombra las emociones, sino que las habilita, resignifica y transforma. Y en contextos donde el cambio es permanente, como en la era de la IA, la capacidad de reconstruir emocionalmente desde el lenguaje se convierte en una habilidad organizacional crítica.

Sostenibilidad emocional colaborativa como estrategia cultural

La sostenibilidad emocional colaborativa es nuestra propuesta que amplía el enfoque tradicional de sostenibilidad organizacional, incluyendo explícitamente la dimensión emocional de los sistemas humanos. Una organización emocionalmente sostenible es aquella capaz de generar condiciones para el bienestar subjetivo, la adaptabilidad y la continuidad cultural en entornos cambiantes.

La sostenibilidad no puede depender únicamente de la capacidad de los individuos de “autogestionar” sus emociones, sino que requiere un diseño intencional de culturas emocionales que legitimen el sentir, promuevan la empatía y distribuyan de forma equitativa la carga emocional del cambio. Como afirma Adele Lynn (2004), “las culturas emocionalmente inteligentes no emergen por azar, se construyen deliberadamente”.

En este sentido, la emocionalidad no debe tratarse como una consecuencia secundaria de los cambios tecnológicos, sino como un elemento estructurante del cambio mismo. La implementación de IA, por ejemplo, debe ser evaluada no solo por su eficiencia operativa, sino por su impacto en la confianza, la seguridad psicológica y el sentido de pertenencia de los equipos.

Bradberry y Greaves (2009) concluyen que el factor más importante para el rendimiento sostenido en equipos de alta incertidumbre es el nivel de inteligencia emocional colectiva. Por tanto, incluir la gestión emocional como parte integral de la estrategia cultural no es una opción estética, sino una condición estructural de la resiliencia organizacional.

La gestión emocional en tiempos de inteligencia artificial no puede limitarse a herramientas aisladas de desarrollo personal. Requiere una comprensión profunda de la emocionalidad como fenómeno organizacional y cultural. Al incorporar la Ley de la Conservación y el Cambio de Maturana y adoptar prácticas de reconstrucción lingüística, las organizaciones pueden transitar la incertidumbre con mayor conciencia y coherencia emocional. En este marco, la emocionalidad no se opone al cambio: lo habilita, lo humaniza y lo orienta hacia un futuro más sostenible y significativo.

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La visión budista sobre el apego y su relevancia para la gestión emocional:
Desde la perspectiva budista, el apego es una de las principales fuentes de sufrimiento humano. El Segundo Noble Camino enseña que el sufrimiento surge del deseo y el aferramiento, especialmente a la idea de permanencia en un mundo impermanente. El apego, entendido como la fijación emocional o mental a personas, objetos, ideas o expectativas, genera insatisfacción porque inevitablemente aquello a lo que nos aferramos cambia, se transforma o desaparece.

El Buda enseñó que la clave para reducir el sufrimiento radica en el cultivo del desapego consciente, que no debe confundirse con indiferencia ni pasividad. El desapego budista es una forma de relacionarse con el mundo desde la aceptación de su transitoriedad. Como señala Thich Nhat Hanh (1998), “el desapego no es que no debamos amar, sino que debemos aprender a amar de una manera que no cause sufrimiento”.

En el contexto organizacional y emocional contemporáneo, esta visión resulta sumamente relevante. La era digital ha generado una ilusión de control sobre el entorno, haciendo que las personas desarrollen apegos profundos a la estabilidad, la predictibilidad y la identidad profesional construida en sistemas jerárquicos y lineales. Cuando estas estructuras se ven transformadas —por ejemplo, por la irrupción de la inteligencia artificial— surge una emocionalidad de pérdida, ansiedad o resistencia.

El aporte del budismo es ofrecer una ontología del cambio como ley natural: todo es impermanente, y por tanto, el sufrimiento surge cuando no aceptamos esta condición básica. Esta filosofía coincide profundamente con la Ley de la Conservación y el Cambio de Humberto Maturana, al proponer que todo cambio significativo parte de aceptar la fluidez del sistema, sin forzar ni resistir artificialmente sus transformaciones.

El desapego, entonces, no implica abandonar lo valioso, sino redefinir nuestra relación con ello. Aplicado a la emocionalidad, implica reconocer que las emociones no deben ser negadas ni controladas compulsivamente, sino observadas, comprendidas y acompañadas sin identificación absoluta. Esto resuena con los principios de la inteligencia emocional moderna, que enfatiza la conciencia, la regulación y la autenticidad emocional (Brackett, 2020; Bradberry & Greaves, 2009).

Cultivar el desapego en la práctica organizacional puede traducirse en fomentar culturas de menor rigidez, con menor apego a roles fijos, procesos inmutables o estructuras estancas. En su lugar, se promueve una emocionalidad basada en la adaptabilidad, la presencia y el propósito compartido, es decir, un tipo de sostenibilidad emocional coherente con los principios de transformación cultural. 

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